Julio de 1859
Declaro en nombre de la ley y de la Sociedad, que quedan ustedes
unidos en legítimo matrimonio con todos los derechos y
prerrogativas que la ley otorga y con las obligaciones que
impone; y manifiesto: "que éste es el único medio moral de
fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las
imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo
para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en
la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben
ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es
cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales son
principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer,
protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la
parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la
magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al
débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando
por la Sociedad se le ha confiado. La mujer, cuyas principales
dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la
perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia,
agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con
la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende,
y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte
brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter. El
uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia, fidelidad,
confianza y ternura, ambos procurarán que lo que el uno se
esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la
unión.
Que ambos deben prudenciar y atenuar sus
faltas. Nunca se dirán injurias, porque las injurias entre los casados
deshonran al que las vierte, y prueban su falta de tino o de cordura en la
elección, ni mucho menos se maltratarán de obra, porque es villano y cobarde
abusar de la fuerza.
Ambos deben
prepararse con el estudio, amistosa y mutua corrección de sus defectos, a la
suprema magistratura de padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus
hijos encuentren en ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de
modelo. La doctrina que inspiren a estos tiernos y amados lazos de su afecto,
hará su suerte próspera o adversa; y la felicidad o desventura de los hijos
será la recompensa o el castigo, la ventura o la desdicha de los padres. La
Sociedad bendice, considera y alaba a los buenos padres, por el gran bien que le
hacen dándoles buenos y cumplidos ciudadanos; y la misma, censura y desprecia
debidamente a los que, por abandono, por mal entendido cariño o por su mal
ejemplo, corrompen el depósito sagrado que la naturaleza les confió,
concediéndoles tales hijos. Y por último, que cuando la Sociedad ve que tales
personas no merecían ser elevadas a la dignidad de padres, sino que sólo
debían haber vivido sujetas a tutela, como incapaces de conducirse dignamente,
se duele de haber consagrado con su autoridad la unión de un hombre y una mujer
que no han sabido ser libres y dirigirse por sí mismos hacia el bien".